MIGUEL PORTILLO, BUSCANDO EL COLOR

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Miguel Viribay


Hay todo un proyecto sucesivo y encerrado en la trayectoria plástica de Miguel Portillo (Fuensanta de Martos, Jaén, 1970) y, al mismo tiempo, un deseo de explorar los grosores en ligeros relieves en torno al color, cuyas últimas obras lo realzan de modo patente. Activo en diferentes campos de la plástica y la literatura, su constante más conocida, la de pintor, parte de 1989 y circula a través de una serie de piezas adscritas a un concepto realista que alcanza hasta 1995 e, inmediatamente, enlaza con otras piezas y una nueva búsqueda; esta vez adscrita a indagaciones realizadas en torno a la disciplina que atañe a la destreza necesaria para aplicar correctamente los materiales del pintor. Por lo demás, visiones de un universo nebuloso, ensimismado y abierto, expresado en sensaciones configuradas en gamas que incluyen, más que definidos grises, levedades agrisadas y superpuestas en cuyos fondos sigue palpitando una respuesta de valores cromáticos tendentes al mimo de los matices procedentes de sucesivas capas que, en ocasiones, alcanzan relieve con acabado a modo de veladura. A mis ojos, atisbos de algo ya evidente, en cuanto que preludio del siguiente paso del pintor que, de nuevo, aflora de modo ya muy crecido, tras dejar las citadas formas tendentes a lo corpóreo y, en algunos casos, linderas con la llamada escultopintura.

Sí, todo ello, con cierto despacio, viene aconteciendo en la obra de Miguel Portillo hasta 2012, probablemente, la etapa más abundosa y mejor acrisolada de toda la trayectoria de este artista afincado en Torredonjimeno, cuyo temas o asuntos, parten de diferentes visiones del espacio y, por consiguiente, tienden a estar resueltos con aplicaciones de dicción diferente e igual afectividad por el tema que, sin embargo, ya no está tanto en la imaginación del citado plástico, cuanto en un imaginario de la propia realidad que permite indagar en el espacio real: paradoja que, en alguna medida, incluye los vectores de los que, como ya creo haber significado, parten sus cuadros más recientes, trasuntos de un concepto de espacio vislumbrado y afirmado como si desde un trón fuese avistado en una posición siempre distanciada, constante y, a modo de traveling.

A mi ver, aquí está la dinámica que envuelve las más recientes criaturas plásticas de Portillo y, por consiguiente, la utilización y comprensión del nuevo tema categorizado como espacio experimental. Mero territorio donde caben las indagaciones a las que este artista somete los materiales de cada una de sus aventuras pictóricas hasta configurar su propio territorio pictórico: el espacio en sí y desde sí. En última instancia, un espacio nuevo que ha dejado de ser sideral para ser afirmación de lo virtual y plástico. Por tanto, hay una especie de crónica plural y autobiográfica de Miguel Portillo en esta exposición en la que, según se desprende de lo hasta aquí escrito, se puede percibir la andadura profesional del pintor; por lo demás, una andadura que, partiendo de un concepto inicial de percepción de su particular realismo virtual, vuelve a la realidad. Probablemente, a una realidad otra, donde lo icónico ha dejado de serlo para el ojo no avisado. En fin, una realidad muy de visión y comprensión del universo espacial en que, merced a una falta de costumbre de mirar el tema en su conjunto, lo concreto se torna abstracto en la mirada del contemplador.

Sin embargo, tengo para mí, que aquí, precisamente aquí, quiero decir, en estas obras reciente y de flagrante realismo, reside la audacia de lo abstracto, permítaseme la anterior paradoja. Sí, a mis ojos, Miguel Portillo descubre la fuerza de una realidad oculta, cuya efectividad es mayor y más cabal que en sus anteriores piezas. La figuración es concebida con una nueva luz, acrisolada por superpuestas veladuras que, merced a la elaboración y aplicación de la pintura y del color, nos conducen fuera del tema entreverado con diferentes gradaciones de claroscuro. A lo largo de 30 años Miguel Portillo realiza diversas búsquedas, distintas indagaciones y, sin embargo, es ahora cuanto mejor se acrisola su aventura como un nuevo punto de partida y, claro es, como lugar de su anáfora inicial, esto sí, configurada con una gramática más compleja y, ciertamente, contemplada desde otro lado más laberintico, aunque bastante más sencilla a la hora de mirar. Obras, en fin, que ver con sucesivos proyectos y estados de su producción hasta enlazar con su actuar realidad.

Todo ello conforma y da cuenta de su más que tenaz andadura de pintor. Realidad subyacente en las piezas que integran el conjunto de obras ahora expuestas en las Salas de la Diputación Provincial entre la que se incluye una tela que podía figurar como un verso suelo del artista y cuyo tema, entre onírico y real, no esconde la constante quemante que de modo más directo viene afectando a la humanidad: el dinero y cuanto puede contener de miseria. Cuadro en el que, para mí, además del tema, o con él, va la más cabal lógica del pintor: la búsqueda del color y de la forma que, sin demasiados grosores, enlaza con la plástica más reciente de este artista a la hora de realizar sus cuadros de tema espacial y, claro es, los de acabado más logrado y reciente.






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